Control.

Kurt Cobain, Jim Morrison, Janis Joplin y Jimi Hendrix, todos grandes dioses en la historia de la música, tienen otro denominador común, todos murieron a los 27. Sin embargo Ian Curtis, tenía apenas 23 cuando sorpresivamente decidió cortar de tajo su vida colgándose del tendedero en el interior de la cocina de su casa, pero eso no importa, a esa edad ya había formado una familia al lado de su esposa Deborah y habían procreado una niña y su nombre paso la historia tras convertirse en el líder de la legendaria banda inglesa Joy Division que cambiaria para siempre los anales de la música en aquel lugar dejando como legado unas cuantas impresionantes e inolvidables canciones.

Tomando como base la novela autobiografía de Deborah Curtis, Touching from a distance, se lleva la vida, obra y muerte de este poeta maldito del rock a la pantalla, quien desde temprana edad experimentaba con drogas y sus letras, hasta que llego a formar parte importante de la banda, que rápidamente fue escalando en las listas de popularidad hasta convertirse hoy en una leyenda. Éxito repentino que fue solo empañado por la terrible enfermedad que aquejaba al joven Ian, sufriendo ataques epilépticos que en la época de los 70’s su cura se encontraba en plena fase de experimentación con medicamentos que causaban más efectos secundarios que una verdadera mejoría.

Todo ese dolor, toda esa melancolía, de sentirse atrapado entre su terrible enfermedad, entre el juego de la fama y entre dos amores, podía verse reflejada en las letras de sus canciones, un juego de temas oscuros y depresivos que narraban los duros procesos que vivía y que se volvieron en parte trascendental del éxito de la banda.


Todo esto es resuelto en pantalla en medio de una realización independiente, de visible bajo presupuesto, pero resuelto todo de una forma eficiente y certera, en una cinta en blanco y negro con una narración sencilla que resume en unas cuantas líneas todo un periodo en la vida de la banda y el artista. Pero no hay que dejarse engañar, esta no es un biopic común y corriente, ésta no toca los lugares comunes en los que se refugian la mayoría de las cintas de este género, nunca vemos por ejemplo a la banda ensayando o construyendo una de las canciones, en una de las escenas los vemos animarse a reunirse y a la siguiente ya están sobre el escenario tocando, lo cual es una buena decisión que permite concentrarse en los momentos más trascendentales de Curtis y su música.


Sam Riley es el joven y hasta entonces desconocido actor y también músico al que le fue encomendada la labor de interpretar al joven músico, y lo hace con tal pasión y entrega, tanto sobre el escenario como bajo de el, que su trabajo fue premiado con diversos trofeos alrededor del mundo. Lo acompaña la también joven y talentosa Samantha Morton en una conmovedora y arrolladora interpretación.


Y así la cinta va avanzando acompañada por la música de Joy Division hasta perfilarse hacia un final que ante su moderación y contención pareciera decirnos que no existe gloria y descanso final para un alma atormentada y cercenada de tajo de este mundo, pero que aún así, sirve como un buen ejercicio para conocer un poco más sobre este importante músico de los 70’s y rendirle un pequeño y merecido tributo a su carrera por medio de ésta cinta que es ya una pequeña joya del cine independiente.

Yo opino: *** / *****.

(Control, Anton Corbijn, Inglaterra, 2007.)


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